Sociedad Ansiosa

Cada vez me encuentro a mi misma más convencida de que muchos de los problemas de la sociedad en la que vivimos tienen la misma causa: la ley del mínimo esfuerzo.

Vivimos rodeados de personas que prefieren encontrar la más mínima excusa para conseguir una paguita del gobierno que les “solucione” la vida que trabajar dignamente. Que de eso se trata el trabajo, de conseguir dignidad para uno mismo, de sentirse útil y contribuir al crecimiento personal y social de un colectivo.

Vivimos en un mundo en el que lo raro no es quien toma un ansiolítico sino quien no lo toma, porque es mucho más fácil tomarse una pastilla que aprender a controlar los nervios. Ojo, que la ansiedad puede ser un enemigo a veces difícil de vencer y una pastilla puede ser una ayuda muy útil en momentos puntuales, pero que un porcentaje alarmantemente alto de la sociedad se las tome como sugus pues oye, tampoco. Porque de toda esa gente, la mitad ni las necesita pero, con tal de no hacer el mínimo esfuerzo, prefieren tomársela antes que contar hasta 10 (“¡o hasta 100 si hace falta!” Que dice siempre mi madre). Y la mitad que realmente puede necesitarlas se niega a ir a un psicólogo que le ayude con su problema porque “yo no estoy loco”. No señor, no está loco. Pero si se rompe un pie va al traumatólogo ¿verdad? ¿O le basta con una pastillita para el dolor?

Vivimos en una sociedad que repugna a los políticos corruptos (muy bien hecho) pero que es incapaz de pagar su iva, sus retenciones, sus seguros sociales y un largo etcétera de impuestos (muy mal hecho). Que es muy fácil llamar ladrón al pez grande porque es grande pero yo “es que me niego a pagar a esos chorizos, lo mio no es robar, es no ser tonto”. Porque pagar los impuestos con los que deberían subvencionarse los estudios de los jóvenes, las pensiones de los mayores, los parques para los niños, la sanidad para todos, la educación y otro largo etcétera de servicios públicos, es algo “tonto”. Pero eso sí, dártelos te los tienen que dar. “Porque tu tienes derecho” Lo que se me escapa es en que momento se desvincularon los derechos de las obligaciones, será que me educaron a la antigua.

Y lo peor es que esa mágica ley, la pagamos todos.

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